La Fonología y Yo

David A. Mundie

En la escuela primaria, era aficionado del latín. La regularidad de sus estructuras y de sus sonidos me encantaba, al punto que las irregularidades que encontraba me atormentaban y pasaba mi tiempo diseñando un “latín perfeccionado.”

En la escuela secundaria estaba hechizado por mi profesor de inglés, muy francófono, quien me convenció que la cultura francesa y el idioma francés eran los mejores del mundo. Estudié el francés y el ruso en la escuela secundaria, pero como pasa siempre en los estados unidos, no aprendí nada. Fue solamente en la universidad que me apliqué seriamente al estudio del francés.

No me recuerdo claramente por qué proceso mágico conseguí mi fluidez en francés. Por supuesto las clases en la universidad fueron útiles, y los cuatro años que pasé en Bordeaux, Poitiers, y Sfax contribuyeron a mi fluidez también, pero estoy convencido de que una clase en particular tuvo una influencia enorme: una clase que tuve en Pau, en mi tercer año aniversitario, sobre la fonología francesa. Fue en esta clase que encontré por primera vez el Alfabeto Fonético Internacional (AFI), que me apasionó  de inmediato y que sigue siendo una pasión.

Después de la universidad pasé por una lista larga y deprimente de idiomas. Algunos son idiomas muertos y completamente inútiles, como el griego homérico y el sánscrito. Otros estudié solo superficialmente, como el alemán, el italiano, el árabe y el malayo.

Cuando decidí hace ocho años que quería estar fluido en español, no dudaba la viabilidad del proyecto, a pesar de mi edad avanzada. Ya había estudiado el español en Europa y en la Universidad de Virginia cuando preparaba un A.B.D. en literatura francesa; me recuerdo muy bien una noche cuando velé hasta las 02:00 de la mañana leyendo una novela española. “Qué bueno”, me dije, “yo puedo leer el español”. Así que aun en este momento podía leer y escribir bastante; no creía que sería muy difícil mejorar mi comprensión oral y mi habla.

Ocho años después, me doy cuenta del hecho que había sido demasiado optimista. Ocho años mas tarde, sigo entendiendo cada palabra en los subtítulos abajo de la pantalla, sin poder las descifrar oralmente. Es un misterio. Tengo una lista larga de excusas posibles: (a) mi edad (b) la perdida de oído a las altas frecuencias; (c) el vocabulario; aunque mi vocabulario sea bastante bueno, una palabra desconocida puede lanzar una reacción en cadena; (d) la elisión, que es, me parece, tan común en español como en francés, pero  mucho menos reconocida; (e) el silabeo, que es muy diferente del silabeo inglés; (f) la velocidad de las oraciones.

Pero ahora tengo una nueva teoría: creo que mi problema es que nunca estudié a fondo la fonología española. La fonología no es muy importante para las lenguas muertas, ni para las lenguas estudiadas superficialmente, pero si es importante para la fluidez en los idiomas vivos.

Y es especialmente importante debido a la dialectología del español en Latinoamérica. Cuando comencé mi estudio del español, estaba en Europa, así que por supuesto aprendí el acento de España, que es mas o menos homogéneo. Cuando lancé mi campaña para dominar el idioma, estaba en los E.E.U.U., entonces decidí convertirme al acento del nuevo mundo. “Es fácil”, me dije. “Es como en Europa, pero las dobles eles se pronuncian como y griegos, y las zetas como eses,” lo que es, por supuesto, una mentira. Me tomó mucho tiempo para apreciar la complejidad exuberante de los dialectos del español en America del Sur.

Ahora sé que comprendo los sacerdotes porque utilizan alófonos fieles, y que no comprendo la gente callejera porque utilizan alófonos extraños. ¿Estoy yo responsable si no logro comprender alófonos absurdos como “Pegsi”, “mita”, “otimo”, y “agmitir”?

La semana pasada empecé mi estudio de la fonología española. Comencé por los libros de Canfield y de Resnrick sobre la dialectología de Latinoamérica. Son casi inservibles para mi porque no utilizan el AFI. Por fin descubrí la obra maestra de Jorge Guitart, que trata de la fonología española en general pero que contiene muchos párafos sobre las variaciones regionales.  

Ya creo que mi breve estudio de la fonología española me ha sensibilizado a los acentos en La viuda negra.  Probablemente es un efecto de placebo, pero siempre se puede esperar.